15 de noviembre de 2025 / Raúl Caporal
Las disidencias en la política migratoria mexicana
En un país donde la migración y desplazamiento se han vuelto espejo de nuestras fracturas y de nuestras esperanzas, las disidencias sexo–genéricas hemos estado siempre en movimiento, incluso antes de ser nombradas migrantes. Hemos huido de violencias, pero también hemos construido refugios, rutas de dignidad y comunidades que sostienen la vida. Desde ahí, desde los márgenes que transformamos en trinchera, queremos pensar la política migratoria mexicana con una mirada crítica, antipunitiva y profundamente humana.
Durante años, la gestión migratoria en México se sostuvo sobre la lógica del control y la contención. Las fronteras se volvieron dispositivos del miedo: centros de detención disfrazados de albergues, burocracias desbordadas, políticas fragmentadas sin rostro ni escucha. En ese contexto, las personas LGBT+ —muchas de ellas sujetas de protección internacional que enfrentan desplazamiento forzado— fueron invisibilizadas entre las estadísticas y las categorías organizacionales e institucionales. La diversidad fue vista como excepción, y no como una clave para entender la complejidad humana en las dinámicas de la migración y el desplazamiento forzado.
A esto se sumó que, por largo tiempo, las respuestas desde la atención humanitaria fueron monopolizadas por enfoques confesionales, generalmente impulsados desde iglesias con visiones más conservadoras. Ese acompañamiento, aunque salvó vidas y ofreció contención en medio del vacío estatal, también consolidó una mirada hegemónica y paternalista de la movilidad humana, muchas veces condicionada a la fé y la conversión. Se construyó así una narrativa donde el “migrante” era mayormente representado por un hombre joven, trabajador, heterosexual y devoto, desplazando otras experiencias e identidades. Apenas en los últimos años se ha comenzado a reconocer la feminización de la migración, y a las diversas confi guraciones familiares que se suman en los fl ujos migratorios.
Hemos demostrado que la migración no es un problema a contener
Hoy sabemos que no hay una sola identidad en la migración. Las caravanas, los refugios, las calles y las fronteras están habitadas por multiplicidades: personas TRANS y No Binarias, mujeres y hombres diversos en identidad y orientación y familias homo y lesbo maternales, juventudes desplazadas y sobrevivientes a la persecución y acoso estatal. Por otro lado se comenzó a reconocer a las comunidades LGBTI+ que acogen y abrazan a quienes encuentran en México un país de oportunidad para proteger su vida e integridad, con la confi anza para reconstruir su futuro, son ejemplo de que la política migratoria puede transformarse desde la práctica, desde la solidaridad y desde el cuidado comunitario.
Desde las casas de acogida, los refugios y las colectivas, las disidencias hemos demostrado que la migración no es un problema a contener, sino un polo de desarrollo humano que puede ser sostenible en el tiempo, un campo donde se entrecruzan las luchas por el reconocimiento, la justicia social y el derecho a la vida sin temor. Apostar por una política migratoria con perspectiva de diversidad sexual y de identidad de género, es apostar por una nación que se atreve a pensarse desde la empatía, la inclusión y la pluralidad.
Sin embargo, este camino no está exento de tensiones internas. El homonazionalismo, impregnado en las históricas agendas de diversidad sexual en México, representa un reto profundo: ciertas narrativas de inclusión prioriza a personas LGBT+ que se alinean con imaginarios de “modernidad” o “legitimidad” del Estado, invisibilizado otras diversidades, interseccionalidades y realidades de migración. Frente a esto, las organizaciones, redes y colectivas feministas, queer y LGBTIQ+ debemos preguntarnos: ¿cuál es nuestra posición real en la construcción de la política migratoria y que sea integral, justa y plural? ¿Cómo podemos equilibrar la incidencia política con la escucha de quienes migran desde la urgencia, la vulnerabilidad y la esperanza?
No hay refugio posible si no se nombra la dignidad de quienes lo habitan.
México tiene hoy la oportunidad una vez más de romper con los errores del pasado: la criminalización de la pobreza, la xenofobia institucional, la violencia estructural. Avanzar hacia un nuevo paradigma basado en la protección integral, la participación comunitaria, que se reconozca en las personas migrantes, desplazadas no solo como “benefi ciarias” del sistema, sino como sujetas de derecho y contribuyentes de nuestra historia nación.
Porque no hay política migratoria justa sin memoria. No hay refugio posible si no se nombra la dignidad de quienes lo habitan. Y no habrá desarrollo si la movilidad humana sigue tratándose como un asunto de seguridad y no de humanidad.
Las disidencias hemos aprendido que movernos es resistir, pero también imaginar. Y en ese movimiento —constante, diverso, que transita— hay una nación posible, una política posible y un futuro que todavía puede ser más justo, más libre, más nuestro. Pero el desafío continúa: Nos toca seguir haciendo un llamado a la autocrítica, a la solidaridad y a la construcción colectiva de utopías que abracen, sin exclusión, a quienes confían en México para vivir en orgullo y dignidad.
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